CAPITULO 1
Matilde era, quizás, la más bonita de toda Isla Verde, aquel precioso barrio de San Juan, en la capital puertorriqueña. Así se lo decían al pasar cada manaña cuando salía caminando, toda distinguida y esbelta, a recorrer el centro de aquella vieja ciudad en la que se sentía felíz de vivir¡y muy a su gusto!
Había nacido en un pequeño y típico pueblito cerca del mar, allí, donde las palmeras terminan en una
playa de arena blanca, fina, bañada por el agua casi tibia del famoso caribe y acariciada por la
brisa eterna que recorre esos lares de América. Demás está decir que jamás había que recordárselo
a Matty, como le llamaban sus amigos íntimos, porque ella bién lo sabía.
Que vá!
Si casi todos los días no hacía otra cosa que la de pensar en su querida y nunca olvidada "Isla del Encanto." Así le llamaba Matilde. ¡Siempre! Le gustaba. Y para que negarlo, más bien insistía en que todos apreciaran su orígen de verdadera borinqueña, bién nacida, aristocrática y, por que no decirlo, de raza fina!
La verdad es que Matilde, de una manera u otra, era la felíz partícipe de una exquisita dinastía hispana. Tan distinguida era que los viejos de la sociedad aún recordaban con admiración y respeto a su abuelo Caín, uno de los pocos seleccionados para aparecer en los libros de la historia Borinqueña.---" ¡Y por que no!", pensaba al recordarse de la suntuosa vida que llevaban sus antecesores, orgullosos de aquellos premios locales e internacionales ganados con dolor, obsesión y en forma sistemática.
Claro que todo ésto sucedió, pues digamos más de una década atrás. ---" Bueno, chico, ¡No importa cuando! ¡Lo importante es que asi fue!" decía Matty a sus amigos.
El asunto fué que ese día, Matilde se despertó con la peor noticia de su vida.
Había llovido toda esa noche y la humedad ya se hacía presente, como de costumbre, a esa hora. Los mosquitos, jejenes, moscas y otros insectos originales del lugar no dejarían tranquilos a los turistas divirtiéndose a pocos pasos de donde vivía Matilde, allá en Isla Verde, el elegante barrio ubicado cerca de los grandes y mundialmente famosos hoteles y casinos.
Ocupaban el número 1836 de la calle Ocean, vecinos a un par de cubanos, con tres hijos jovenes, quiénes llegaron a Puerto Rico porque no pudieron soportar la pobreza en Santiago de Cuba. La casa era agradable a la vista y cómoda por dentro. Era de construcción antigua, posiblemente victoriana, de seis habitaciones grandes, una pequeña antesala al entrar, un living room o foyer espacioso que daba al comedor y, por su puesto, disfrutaba de una cocina con su horno incrustado en una pared de ladrillos, dos baños, un garage para dos vehículos que, en su tiempo, pudo haber sido una amplia caballeriza. Finalmente, contaba con un galpón desocupado construído nadie sabe para que, posiblemente, a fines del siglo pasado. Era una casa de sueños. De esas que aparecen en las películas norteamericanas de piratas, con mujeres bonitas, villanos y mucho dinero.
Pero, lo especial del 1836 de Ocean era el patio trasero. Tenía una yarda amplia de verde y lindo pasto rodeado por preciosas flores tropicales. Lo orillaban dos corridas de palmeras que se mecían dulcemente al son del viento caribeño. Tras ellas, en un espacio relativamente reducido, podían verse inmensos platanares que daban un sabor selvático y aislado a la grandiosa casa familiar. Todo este magnífico diseño natural terminaba en una playa con pocas olas, algo así como una laguna o media herradura marítima, que les permitía tener más de una lancha y un pequeño barquito a motor, siempre amarrado al malecón de madera vieja y resquebrajada por el sol caliente que distingue a la zona durante el ano entero. Los nativos, como Matty, estaban acostumbrados al calor y a la humedad del lugar y a ellos, pues, bin poco les preocupaba.
--- "Seguramente que al mediodía la cosa se pondrá peor", pensaban los pobladores de Isla Verde. Y bien lo sabian. Pero también sabían que los platanares, con sus hojas inmensas y anchas amén de la brisa marina, refrescarían un poco el caldeado ambiente de aquel paraíso terrenal, encantador, marginados de edificios y cemento característico de las ciudades nuevas. Y muy en especial en Isla Verde, donde estaban los grandes edificios repletos de turistas anglosajones, venidos mayormente desde Nueva York y, por supuesto, de otras partes
Bien.
Serían cerca de las cinco de aquella madrugada cuando Ernesto, un primo desorganizado, pícaro y holgazán, apareció como de costumbre frente a la inmensa puerta del cuarto que ocupaba Matilde con su amiga "La Timbiriche". En casa todos creían que, además de hiperquinético, Ernesto debía estar posesionado de algun unguento misterioso, una maldición negra o, simplemente, comenzaban a afectarle aquellas reuniones en las que se practicaba el vudu. Para sus familiares, su apariencia era casi insportable y nefasta pero, para la mayoría de sus conocidos, y muy en especial para las damas, la facha del desgraciado Ernesto le daba undigamos ¡"Je ne se quoi"!, como dicen los francesesun "¡No se qué!"
Era el invitado necesario en cualquiera parranda. Durante las pocas horas que permanecia despierto. se lo pasaba en la calle, molestaba a todo el mundo y siempre trataba de sacar el mejor partido hasta en la mas mínima de las situaciónes.
---" Matilde,¡ Ven acá, chica!" le dijo con cierta dificultad linguística, como resultante de aquella trasnochada seria, larga y de vibrante parranda que se inicio en el atardercer para continuar esa noche y hasta la misma madrugada.
---" Te tengo malas noticias", agregó misteriosamente al verla entre las primeras luces del amanecer.
---"Tú estás loco, ¡chico! Tú y tus cosasmira vé!", fué la respuesta casi automática de Matilde.
---" No. Déjate de boberías y escúchame un momentico, chica", agregó Ernesto un poco inquieto por ser el portador de la mala nueva que guardaba desde hacía más de dos horas.
---" ¡A ver! ¡Avanza, chico! ¡Dime de una véz! ¡Mentiroso! De seguro que este también es uno de tus tantos cuentos", acotó Matilde comenzando a preocuparse por lo que parecía ser algo en la que llevaría la peor parte.
---" Estuve conversando con Julieta. Tú sabes, chica, la regalona de Doña Estela. ¡TU madre! Ella me dijo que te van a mandar."
Hubo una cortante interrupción. Ernesto parecía buscar el suspenso o estaba arrepentido de lo que iba a denunciar. Se calló del todo.
---"¡a los Esta'os Uni'os, chica! Dicen que serás algo así como un regalo para la mamá de la "Doña", tu abuela". La que hablaba ahora era "La Timbiriche".
Sentada en una esquina del cuarto, casi enrrollada en montón de pelos largos que mas parecia basura que una cama, desordenada, fea y flaca, quizás un tanto mal hecha, intrusa pero divertida. Desde hacía tiempo que era amiga de todos, especialmente de Matilde. "La Timbiriche" era algo así como la informadora del grupo. La confidente personal de todos los habitantes de Isla Verde. En una palabra, habría que decir que la tal "Timbiriche" era, simplemente, la "cuentista", la copuchenta o chismosa profesional del barrio.
Estela, la matrona de la casa, la encontró un día cuando deambulaba por allá por uno de esos caminos solitarios que se pierden en el verdor de la selva. Estaba hasta maloliente luego de perderse un viaje que hizo a la casa de un pariente por Mayagüez, en el corazón oeste del campo borinqueño, hace unos cuantos veranos. La recogieron con amor porque se veía humilde, extremadamente triste y acongojada. Por varias semanas, sin embargo, buscaron a sus padres pero nunca los hayaron. "La Timbiriche", por su parte, hizo muy poco esfuerzo por ayudar en la tarea. Es por eso que, ahora, vivía en aquella casa haciéndole compañía a Matilde.
---" ¡Apuesto a que ni siquiera te lo imaginabas! ¡Já,já,já!", agregó el sádico de Ernesto, ante la antipatía y espectación general que todos le profesaban.
Matilde quiso ignorar esta declaración por considerarla monstruosa pero, había algo que le empujaba a seguir la conversación.
---"¿ Cómo así? ¡ Descarados! ¡Repítanmelo otra véz!"
Habló nuevamente Ernesto.
---" ¡Bueno! Pues resulta que Julieta estaba anoche en una pequeña reunión por allá por calle Renovación cuando, conversando¡tú sabes! dijo que había malas noticias en la familia. Como que se llevarían a Matilde..¡Que se yo, chica!"
---" Pero sigue. ¿Qué más dijo? ¡De qué se trata! ¿De dónde sacaron tan tremenda estupidéz? ¡Cuentencuenten, por favor!" pidió Matilde con un pequeño tono de preocupación, como perdiendo fuerzas. Estaba alterada por la noticia. Con razón. No podía creer lo que escuchaba en labios de su primo y de su mejor amiga. Eran mentirosos. ¿Verdad? Sin embargo, parecia que lo que estaban diciendo tenía ribétes peligrosos y era algo muy importante en su vida como, pues, como para ignorarlo.
---" ¡Ojala que sea mentira!", pensó Matty.
Fué en ese instante cuando hizo su aparición Violeta, la hermana melliza de Matilde. Ambas se observaron con amor. La recién llegada se acercó unos pasos y, mirándola con profunda pena, dejó resvalar una lágrima por sus mejillas doradas. Luego, sonrió con una falsa pena. Siempre fué dramática, ególatra y, quizás, un poco más independiente de lo que verdaderamente se merecía. Había sido su eterna manera, su estilo, para aceptar lo imposible. Se abrazaron apretadamente. Parecía ser el adiós. Ambas sabían, ahora, lo que el futuro les deparaba. Sería, en otras palabrasla separación final?
---" ¡Hay, hermana! ¡Qué doloroso es partir." Agrego, y dijo nada más. Por supuesto, dada a las circunstancias y a los antecedentes, nadie le creyó. Más todavía. Todos sonrieron cínicamente.
---" De seguro que el bandido de mi hermano Rubén ni se aparecerá para decirte algo, siquiera." Dijo. Segundos inmediatos, moviendo su figura al son del tarareo casi silencioso de una canción cualquiera, se fué lenta y coquetamente hasta el interior del cuarto, para mirarse en un espejo quebrado que brillaba desde el suelo de la pieza. El cambio de personalidad fué inmediato. Era como si nada hubiese sucedido en los últimos minutos de su vida.
De pronto, como un milagro divino, tras la puerta hizo su "gran" aparición el joven Rubén. Esbelto como sus hermanas, distinguido al caminar, delgado y casi bonito,se acercó a pasos cortos, cadenciosos, invitadores, hasta Matilde y le dió un beso esplendoroso, artístico, cinematográfico y en plena boca.
---" ¡Querida! Hizo una pausa teatral, al tiempo que se llevaba la mano derecha a la altura del corazón.
---"¡Cuanto dolor! ¡Cuanto sufrimiento! ¡Ah!", dijo como ahogando un gran suspiro. Luego, en medio de la adoración general, desapareció tál como había llegado.
De todo esto..¡Nadie dijo nada!
CAPITULO 3
El sol había salido hacía apenas algunos segundos. Sus primeros rayos, extremadamente brillantes, repletos de minúsculas pelusas resaltando en el contraste de la semi-obscuridad ambiental, pasaban por una pequeña rendija en lo que, a simple vista, era una ventana de la pieza adonde conversaban Matilde, su hermana Violeta, el primo Ernesto y "La Timbiriche".
Debido a que la noticia era desvastadora para todos, la única alternativa fuera de la de averiguar el resto y, por supuesto, la verdad total de esta cuestión, consistia en seguir investigando la noticia. A Matilde jamás se le pasó por su simple mente de hija preferida, aquello de irse tán lejos, abandonar a la única familia que conocía e ir a pasar padecimientos a una tierra lejana de la que nunca, ni siquiera en sueños ni en cuentos, había escuchado anteriormente.
Pero¡NO!
¡Esa no era la verdad absoluta!
¡NO!
Hace un tiempo atrás, en una reunión vespertina repleta de recuerdos nacidos por la lluvia torrentosa que azotaba a las afueras de la casa, la familia conversó sobre San Francisco, allá por el Estado de California, al sur de los Estados Unidos. Salieron a ventilar todas las desventuras que pasaron por esos lares. También se les escuchó decir que después de casarse con Estela, Alfredo decidió regresarse a Puerto Rico para vivir una vida más familiar, tranquila y más hispana. Pero la verdad era que el muchacho jamás comprendió la ideología anglosajona y no quiso adaptarse a la extraña manera de vivir y de socializar que tenían "los gringos". Nadie lo culpó, muchos le envidiaron y todos aceptaron su decisión con el silencio requerido por las circunstancias.
---" Que extraño, entónces. ¿Y por qué quieren mandarme a mí a ese infierno?¿Será un castigo? ¿Habré hecho algo malo sin haberme dado cuenta?" pensó por unos segundos.
Fué en ese momento que apareció Alfredo. Lo seguía Doña Estela y unos pasos más allá venía Marujita, la única hija de la jóven pareja.
---" ¡Aquí está Matilde, Estelita!", dijo Alfredo mirando con cariño a Matty.
---" Bueno, pues, pongámosla en el rumbo de su viaje. Pueda ser que no tengas ningún problema en el aereopuerto. ¡Pobrecita! ¡Se vé tan nerviosa!", agregó la matrona.
---" ¿Tiénes tu el libro de las vacunas, etc., etc.?", preguntó.
La pobre Matilde no sabía qué hacer con su problema. Se quedó tranquila, y con sus ojos llorosos de criatura pequeña e indefensa, se sentó en la parte trasera Alfredo entro al vehiculo que los llevaria hasta el inicio de tan extrano viaje y se dispuso a partir hasta el aereopuerto de San Juan, con destino a San Francisco.
Estela y Marujita se quedaron frente a la majestuosa mampára de fina madera y de cristal labrado en España. A un costado de la vieja casona, y por una rendija del portón de la esquina, donde comezaba el inmenso patio, vieron a Violeta, a Beatríz, a "La Timbiriche", a Ernesto y a Carlitos. Las tres perritas y los dos perros estaban como apretujados por el dolor de la escena.
Se iba Matilde, la jóven Doberman Pincher de exquisito color café, de preciosas orejas largas y, ahora, caídas por la emoción y el dolor de tan intensa despedida. Meneaba suavemente su pequeña colita cortada como parte de su raza canina, despidiendose y perdonándolos a todos por deshacerse de ella en el momento cuando comenzaba a descubrir el final de su niñez.
---" ¡Pobrecita! Espero que no tenga problemas en el avión y que a la abuelita le guste la perrita", dijo Marujita como consuelo final.
Alfredo estiró su brazo por la ventana en un "hasta pronto"y todos sollozaron de pena.
---" ADIOS MATILDE!", dijeron al unísono.