Dedicatoria.

Para
Marìa del Rosario
Salazar Monsalve de Vergara, mi esposa.



LIBRO PRIMERO (1)


CAPITULO 1




LA PRIMAVERA DEL 29

Los dos animales corrían a trote parejo y a una velocidad que, obviamente, parecía acomodar al único ocupante de aquel elegante  coche francés corriendo a esa hora por entre los pequeños hoyos y hendiduras de la descuidada y deteriorada calle Esmeralda de Santiago, poco más allá de  donde terminaba el sectorr densamente poblado, de la joven capital chilena.

La fresca mañana primaveral, de ese sábado 6 de Noviembre de 1829, parecía más brillante para aquel fornido y jóven pasajero. El ambiente estaba un poco menos  fresco de lo normal porque la lluvia habia caido incesantemente durante la noche. El ambiente era cristalino, agradable y la campina brillaba con aquel debil sol vespertino.


El muchacho disfrutaba paso a paso el camino que, en este dia, sería  el último tramo que lo separaba de su destino. Miraba con vivido placer hacia los dos lados de la angosta calle, saludando con alegre cortesía y respeto a los pocos peatones esquivando dificultosamente el lodo marginal de la húmeda acequia demarcando la acera.


De pronto, se encontraron frente a una inmensa mansión con mezcla de diseño frances y español, construída a principios del siglo 19.

Estaba ubicada majestuosamente allá, a lo lejos, en el centro de un gran prado miticulosamente cortado y rodeado por jardines  de brillantes flores de aroma exquisito. Tenia de dos pisos. Su entrada principal estaba al centro de lo que parecia ser la mitad de un exagono. Era un gran porton de dos hojas con una delgada puertezuela a su costado derecho, por el que podia entrar facilmente una  persona. En su tope, podia verse la baranda resguardando una terraza con las cinco ventanas de los dormitorios principales. Los costados de ambos pisos eran recorridos por dos bastiones tipo frances, con un par de ventanas alargadas por cada piso. Tras todo esto, venia un maciso y majestuoso edificio pintado de color blanco pastel.

El carricoche había pasado la entrada de rejas negras con barrotes imitando a flechas de doradas puntas. En sus esquinas, como formando una entrada sin puerta ,  se apostaban dos faroles altos que estaban colocados en  respectivos pedestales de piedra. En cada uno de ellos, se incrustaba la palabra "Miraflores".

Casi al llegar a su punto final y en los momentos mismos en que el carruaje apenas detenía su marcha despues de dar un circulo alrededor del ultimo jardin, el visitante se levantó casi de un salto, con un brío encantador. Abrió la pequeña puerta del carruaje. Silbando la tonada más popular de la época, se bajó ágilmente, caminó unos cuantos pasos y golpeó virilmente en la mampara negra con cristales labrados en España. Inmediatamente después, dió unos pasos hacia atrás, para admirar el inmueble. Lo había visitado en tantas otras oportunidades. Sin embargo, en este momento tan decisivo para el resto de su existencia, tenía hoy un  significado muy especial.
Indudablemente que la casa había sido construída para una familia adinerada al igual que  la suya y, eso, era un asunto de suma importancia en esos días de intranquilidad financiera por doquier.

---" Entre ellos y mi familia...pues, podremos formar una dinastía no solo social sino que financieramente, de más o menos buenas proporciones. !Fascinante!", pensó.

Se situó en el centro de la puerta pequena y golpeó, nuevamente, un poco más abajo del monograma dorado con las iniciales de sus propietarios.

Esperó unos minutos mas. 

Casi poco despues, se entreabrió la hoja derecha y apareció Germán, el mayordomo. Era un hombre de avanzada edad, de pelo blanco aunque un poco ralo, cara larga y agradable, una barba y bigotes bien cuidados. Vestia la tipica  librea y pantalones negros que lo distinguia en su cargo. Parecia cansado. Quizas, el paso de los anos lo hacia mas lento en sus caminatas hacia la puerta.

Agachó ceremoniosamente la cabeza para saludarle con dignidad y respeto.

---" Muy buenos días tenga usted, su señoría Don José María ," dijo, para agregar que los dueños de casa le estaban esperando ansiosamente  en la primera sala de música.

---" Gracias, Germán. Es un día maravilloso No cree usted?" contestó con su contagiosa alegría.

---" Como diga su Señoría"  Lo invitó a pasar mientras recibía su abrigo largo y pesado, una bufanda multicolor muy poco corriente en la vestimenta de esos tiempos, su sombrero de copa y el eterno bastón de moda que el jóven llevaba en su diestra. Se los colgo en el brazo izquierdo, a tiempo que dejaba el sombrero en una mesita semi redonda, tras la puerta.

Caminaron por un pasillo y desembocaron directamente en una acogedora sala repleta de plantas exóticas, sillones relativamente obscuros y antiguos. El hombre corrió las pesadas cortinas de ambos ventanales. El sol primaveral iluminó la sala, cambiando totalmente su fisonomía interior. Se veía ahora más atractiva.

Abrió dos puertas corredizas que dieron paso a una ancha y elegante escala de caracol con dos pasillos a sus costados. El camino estaba iluminado por un par de pequenas lamparas de cristal con plaquetas puntudas. Germán, lo invitó a subir y así lo hicieron. La escala dió una media vuelta hacia la derecha y desembocó sobre un amplio pasillo que comunicaba a todas las piezas del segundo piso. Eran las salas de entretenimiento para huéspedes. Caminaron lento, y entraron a la primera.

---" Si su Señoría me espera unos segundos, voy a anunciar su llegada", dijo. Y abrió dos puertas de par en par, dando  paso a un cuarto de suaves colores, modernos muebles acomodados  en uno de sus costados. Lo adornaban dos grandes pinturas gigantes de Francisco de Goya; "El Parasol" y "Corrida de toros poblanos". Mas alla, un cuadro de "Leopoldo Mozart con sus hijos Wolfgang y Nannerl", de Johann Nepomuk della Croce. Estaban colocados en inmensos marcos dorados  exaltando el exquisito rosado pastel de la seda  cubriendo las murallas. Daban a la sala un tremendo aspecto de distinguida elegancia, en todo el sentido de la palabra. Era, indudablemente, la extraordinaria pieza de música a la que se refirió  el viejo sirviente. Pero mas aun. Al pié de un  pequeño escenario sobresaliendo solo unos pocos centimetros del brillante piso de madera cubierto por alfombras claras podìa verse, casi sobre el instrumento mismo, la espectacular pintura de "Shubert en su casa de Viena"de Julius Schmid, en la que el compositor entretiene a varios personajes de la sociedad austriaca. Tan solo las pinturas y los pocos instrumentos habidos en el cuarto, eran la interpretacion perfecta del ambiente musicologo en que vivian sus propietarios.

En el centro del cuarto, dando la espalda a los muebles rococo de orillas doradas contrarestando, asi,  sus telas azules con rayas de oro, estaban los padres y la jóven por comprometerse.

El, era un hombre esbelto, de cara larga y limpia, nariz un poco desproporcionada, quizas, sin bigote pero con patillas estilo emperador austriaco. Llevaba la tipica vestimenta europea, mas bien un tanto afrancesada. Pantalon negro con rayas claras a lo largo, bastante apegado a sus piernas; chaqueta de cuatro botones por lado, larga hasta un poco mas abajo de la cintura, y una flor blanca en el hojal izquierdo. Llevaba un chaleco cruzado con tres botones. De su cuello alto y almidonado salia una frondosa corbata ancha, de seda blanca, que se escondia coquetamente bajo el chaleco.

Ella, por suparte se veia esplendorosa,  brillante, distinguida. En contraste con su esposo, su cara era redonda, sus labios delgados, palidos en comparacion con sus mejillas rojizas, repletas de energia. Su nariz era perfecta companera para esa pequena raya que le dividia graciosamente la pera. Un collar de rubies incrustados en oro mexicano, muy apegado al cuello, daba inicio exquisito a la vestimenta de esa tarde. Su vestido de color rosado comenzaba bajo los hombros de mujer madura, pero joven aun. En el centro del segmento superior, bajo el inicio de sus senos, llevaba una rosa roja acompanada de pequenas hojas verdes. De alli partian, para ambos lados, dos brazos de seda casi transparentes que colgaban hacia otra rosa colocada en cada uno de sus hombros. En aquel punto, flotaban tres pequenos flecos que al caer bajo los hombros, destacaban su cintura cenida por el corset del vestido, para dar paso a una amplia falda que llegaba hasta el suelo. Al igual que en su parte superior, el genero iba en tres segmentos sujetos a respectivas rosas rojas apostadas en cada costado. El modelo habia sido disenado Madam Delatour, propietaria de "La Maison du Creed", en Paris, y publicado ampliamente en la revista "Le Moniteur de la Mode". La modista santiaguina Ester Montecinos y Venegas, de "La Casa de la Moda Francesa", en calle de La Merced, cerca de la Plaza Mayor,  habia  ejecutado la copia.

Obviamente que  esperaban con ansiedad el momento aquel.

El anciano hizo su anuncio correspondiente.

---" Aquí anuncio a Don José María Amunátegui y Vergara, quién dice haber sido invitado por vuestras señorías."

Don Jacinto Anguita Irarrázabal Vázquez y Doña Margarita  Donoso Perezcotapo, sonrieron amplia y cariñosamente al verlo, le estiraron sus brazos en demostración de afecto y le dieron la bienvenida a "Miraflores", como apodaban a la casa de su futura esposa, la jóven Carmen Anguita Donoso e Irarrázabal

---" Felices los ojos que lo ven a usted, en este día tan radiante y tan especial", dijo la madre.

---"Nos alegramos inmensamente de verle nuevamente, mi querido jóven, y muy en especial esta mañana llena de gloria primaveral que espero les traerá, a los dos, el mismo amor y dignidad familiar del que gozamos Doña Margarita, Yo y todos mis hijos," fué la recepción de Don Jacinto, un abogado conocido por su verborrea.

En la pieza había otras personas pero el jóven Amunátegui individualisó inmediatamente a su madre, Doña Gloria Elena Larraín Marchant viuda de Amunátegui. Su padre, Efraín Amunátegui Bezoaín y Uriarte, distinguido politico en la joven republica chilena, había fallecido hacía un par de años, a consecuencia de un ataque cardíaco.

Miró a su alrededor y observó con placer que los conocía a casi todos. Se sonrio con agrado al ver a tres de sus mejores amigos de la ninez. La presencia del trio le trajo agradables recuerdos de tiempos inmediatos pero, ahora, pasados a otra parte de su vida juvenil. Les saludó con afecto, casi con carino. Eran sus primos inmediatos Carlos Alberto Uriarte, Ernesto Simon Larrain Infante y a Geronimo Marchant Amunategui. Todos, en algun momento de su futuro, tendrian nuevamente participacion en sus decisiones familiares. Por muchos anos vivieron cerca unos de otros y formaban un pequeno grupo de "ninitos a bien", como se les catalogaba, haciendo de las suyas por todas partes. Se alegro verdaderamente de contar con ellos ese momento tan importante para el resto de su vida.

Despues, se dirigio  a los familiares de su futura esposa, a quienes casi no conocia; a los parientes lejanos que veía periódicamente y, también, a quienes visitaba tan sólo en ocasiones especiales; a los amigos y a los conocidos que se amontonaban allí, esperando  presenciar algo digno de su clase, como era el caso de la continuidad de su grupo social.

Los sirvientes masculinos ofrecieron pequeños vasos repletos de exóticos licores europeos, especiales vinos caseros y otros refrescos menos alcohólicos. Hubo platos individuales con apetitosas "tapas espanolas" de coloridos contenidos, pequenos trozos de jamon crudo, huevos rellenos con pasta de palta, caviar ruso sobre galletitas redondas y otros "tente'npie", como le llamaban los criollos a sus entremeses.

Pasaron unas dos horas en las que se conversó de todo lo existente, de política nacional, mundial, etc. Hubo música interpretada en el piano por uno de los más conocidos y distinguidos artistas del momento, Armando Rivadeneira y Holguín, interpretando a Bach, Mozart y Chopin.

De pronto, el ambiente festivo se detuvo unos minutos y todos se prepararon para el anuncio del momento. Don Jacinto pidió silencio pero como nadie le prestase la atención necesaria, carraspeó un par de veces. Finalmente, el ambiente se fué acallando poco a poco hasta que llegaron las esperadas carrasperas finales y todos pusieron la atención requerida como para  escuchar la palabra del futuro novio.

En un acto simple, quizás un poco rebuscado, pero distinguido, demostrando el amor que desde hacía años decía llevar en su alma por la atractiva aristócrata, el jóven José María pidió en mano matrimonial a la mujer que, dentro de unos meses, sería su amante esposa por el resto de su vida.

---" Amar y ser amado es uno de los beneficios más cotizados por el ser humano. Es el fruto de la vida que nos dá la energía necesaria para continuar adelante con nuestro esfuerzo por mantener las tradiciones familiares, la unión de nuestros seres queridos y el futuro de todos aquellos que nos rodean en nuestros senderos difíciles, que llamamos vida", dijo el muchacho inspirándose en los ojos de Carmencita.

Las mujeres de la reunión comensaron a sospechar que estaban frente a una escena romántica que traería lágrimas a sus ojos, ahora rojizos y quemantes, necesitados de humedad. El pícaro de José María lo sabía y es por ello, quizás, que  alargaba su volátil verborrea con aquel típico placer de la juventud masculina ansiosa de ser admirado por el sexo opuesto.

---" El día más dichoso para un hombre, acostumbrado al trabajo fuerte y a manejar los destinos de su familia ancestral, es cuando encuentra su recompensa en la forma de un amor duradero, puro y eterno, que le conmueve el alma y el cuerpo entero", agregó casi palpando la reacción femenina de las que suspiraban conmovidas por el discurso.

---" Y hoy, mis queridos amigos, ese maravilloso momento ha llegado a mi corazón. Es el instante que he esperado por casi la mitad de mi existencia, desde hace tantos años, y que se produce gracias a la amabilidad de mis futuros suegros, aquí presentes. A ellos, les agradezco la realización de mis sueños."

Los padres de la muchacha se sonrojaron, unieron sus manos en un acto de amor profundo y sonrieron complacidos ante la mirada de todos. Hubo aplausos, las chiquillas se miraban entre sí, como concediéndole a José María el perdón por dejarlas solteras, mientras que los hombres de su edad mostraban su indiferencia y, más bién, parecían estar sólo cumpliendo con el requisito de aplaudir.

---" Don Jacinto y Doña Margarita," continuó diciendo el muchacho casi al terminar la revuelta de las jovencitas, "con la venia de mi querida madre, Doña Gloria Elena, y la bendición de mi padre, Don Efraín Amunátegui, que Dios lo tenga en su Santo Reino, es que me permito solicitar de ustedes la mano en matrimonio de vuestra hija Carmen", agregó finalmente, a tiempo que estiraba sus manos abiertas hacia la prometida.

Hubo un silencio extremadamente corto, otros tantos suspiros de las admiradoras y, luego, una cerrado aplauso general que terminó con un brindis en honor a la pareja de novios. Después, mostrando una dignidad igual y el orgullo requerido por las circunstancias, en medio del llanto intermitente de su esposa que trataba desesperadamente de no perderse detalle alguno, amén  del acogimiento de todas las mujeres presentes, Don Jacinto aceptó la proposición del atractivo José María.

El noviazgo se inició ofialmente.

En esa reunión, se fijó como fecha matrimonial el próximo 16 de Agosto de 1830.

y así fué.

En la Iglesia Catedral, casi terminada aquella tarde sabatina se efectuó, a todo lujo, la unión de Don José María Amunátegui y Vergara con Doña Carmen Anguita de Irarrázabal y Donoso. La crema y nata de la aristocracia local, además de algunos amigos y parientes venidos desde el interior del país, estaban presentes en aquella extraordinaria ceremonia nupcial de tan distinguida pareja.

La verdad es que, a poco más de 26 años de la liberación política de los españoles, eran escasos los matrimonios tan ceremoniosos ejecutados en la joven capital de la República. De manera que, con el placer de toda la población local, la fiesta fué compartida por casi todos los pobladores del radio inmediato, en la pequeña ciudad. La gente se amontonaba en las afueras del templo, dejando  tan sólo un escaso y angosto camino para quienes llegaban en sus elegantes carruajes a cumplir con la invitación que se les hiciera semanas antes y que fuesen entregadas personalmente por los sirvientes de ambas familias.

En el interior, la antigua y pequeña Catedral Católica se vestía de gala mostrando flores blancas por casi todas partes. Una alfombra celeste, orillada por flores blancas y angelitos desnudos  sobrevolando su centro, recorría el camino que seguirían los dos protagonistas en su viaje desde la puerta hasta los primeros peldaños del Altar Mayor. Además, pocos meses atrás, la Asociación de Devotos de San Judas Tadeo había donado el primer órgano de pipa para ser usado, muy en especial, en magníficas y exclusivas ceremonias como éstas.

Marcando casi las cinco y media de la tarde, ante la admiración de los espectadores, la carroza blanca llevando a la novia que vestía sus mejores galas europeas, joyas traídas desde Francia y portando un lindo ramo de flores blancas, hizo su aparición y se detuvo frente a la escala principal del templo mirando hacia la Plaza de Armas capitalina.

Por supuesto, venía acompañada por Don Jacinto, quién se bajó con la ayuda del cochero principal sentado junto al conductor de las dos parejas de caballos blancos tirando el coche.  Carmencita descendió elegantemente del vehículo y, posando su mano derecha en la palma de la que le extendió su padre, caminó orgullosa y erguida por entre los observadores. Entró al templo y se dirigió hacia el Altar Mayor por entre sus amigos y familiares que, sentados en las orillas, la admiraban y le sonreían a su paso.

En esos instantes, los compases de La Pasión de San Mateo y la interpretación, a 35 voces, del Coro Nacional para la "Wenn ich einemal soll scheiden", que Juan Sebastián Bach compusiera en el año de 1727, dieron inicio a la ceremonia nupcial. Con éste acto se interrumpió el silencio de la espera y, al mismo tiempo, se realisaba el primer paso en la anunciada demostración de cariño y esperanza de amor eterno prometido, durante su discurso en la petición de mano, por el entusiasmado José María. El muchacho la recibió sonriente, casi admirándola, y ambos se incaron frente a los dos sacerdotes salesianos ofreciendo la Santa Misa y a los dos hermanos mercedarios que les ayudaban en tan extraordinaria ceremonia.

A su término, los esposos dieron media vuelta, se enfrentaron a los amigos presentes y, al compás de "Atlanta", la extraordinaria y vibrante obra compuesta por Goerg Frederich Handel para el matrimonio del Príncipe de Gales, de Inglaterra, en la primavera de 1736, caminaron tranquilamente hacia la salida del templo. Delante de ellos, cuatro pequenos pajes vestidos de blanco sembraban el pasillos con olorosos petalos de rosas de diferentes colores.

---" Que Dios bendiga a Don José María Amunátegui y a su esposa Doña Carmen", dijo un hombre que aplaudía fuertemente entre la concurrencia, más allá de los peldaños de la entrada.

En ese momento, una lluvia de arróz salió de todas partes mientras  dos palomas blancas revoloteaban incesante y desesperadamente por salir de la jaula que uno de los sirvientes de los Amunátegui había traído al sitio para éstos menesteres.

---" Que vivan los novios!", gritaba la pequeña multitud arremolinada tras la engalanada puerta de la Catedral santiaguina, frente a la Plaza Mayor.


CAPITULO 2




SEIS AÑOS
MAS TARDE.

La union matrimonial de Jose Maria Amunategui y su esposa Carmen Donoso fue todo un exito. Habia felicidad por doquier. Viajaron nuevamente a Europa para recorrer los sitios que no cupieron en su itinerario durante la luna de miel. Pasaron por Viena, Luxemburgo, Roma, Florencia, Milan y bajaron por Madrid para regresar a Chile en uno de los barcos de pasajeros que conectaba Espana con el Pacifico sudamericano. Fue un viaje largo y, por supuesto, extremadamente cansador.

A su regreso, el jefe de familia continuaba trabajando en el sistema juridico de la joven nacion. Al principio, la familia crecia lenta,  paulatinamente pero con seguridad. Por un corto tiempo estuvo constituída por cinco hijos en total; Carlos Antonio, el primogénito nacido en el Otoño de 1836, exáctamente el 14 Junio y, consecutivamente, Juan Ernesto de Lourdes, Ernestina María Cecilia, Javier Justino y Tadeo Clemente.

Pero de pronto, algo asi como por una maldicion venida desde el infierno mismo, la trayectoria ascendente de la familia vino a cambiar por completo. La felicidad comenzo a tastabillar,  a perder lentamente su estabilidad  y, cuando menos se lo pensaban, todo aquello maravilloso sonado por la feliz pareja  disfrutando su nucleo joven casi perfecto, lleno de vitalidad y unido en una sola alma, comenzo a derrumbarse como si fuera aquel viejo caseron abandonado y corroido por la naturaleza.

Juan Ernesto de Lourdes. La vida fué cruel para el segundo de los infantes, Sólo alcanzó a la edad de dos meses. Falleció misteriosamente y mientras dormía boca abajo en la cuna que su "máma de pecho" tenía en el dormitorio. Los galenos se martirizaron por meses tratando de explicarle a la familia la razón exácta del fallecimiento. Hubo investigaciones al por mayor, pero nunca se explicó el fenómeno.  El chico vivía una existencia tranquila, sin mayores dificultades, bién atendido física y mentalmente. Por supuesto que los padres, fervientes católicos, encomendaron su alma a Dios y le pidieron las fuerzas necesarias como para continuar multiplicándose.

Ernestina María Cecilia, por su parte, llegó sin mayores dificultades hasta sus 14 años. Allí, cuando todo parecía marchar a las mil maravillas y, en los momentos en que  la jovencita creía haberse enamorado de uno de los hijos más destacados de la localidad, la suerte le abandonó del todo. Luego de su último cumpleaños, una madrugada del mes de Julio, fué víctima de un ataque canino. Todo pasó en un costado de lo que más tarde constituyó el Parque Forestal, cuando paseaba con una de sus tantas chaperonas. Repentinamente, de la nada misma, apareció en carrera un Doberman Pinscher, poderoso mastín que recientemente se había soltado de manos de uno de los vecinos. La atacó violentamente, sin que nadie pudiera separarlos por un buen rato, hasta que varios hombres fornidos lo quitaron de encima de la pobre jovencita. La dejó herida mortalmente, casi hecha trizas, con sangre corriéndole por casi todo el cuerpo. Fué una muerte atróz, en medio de terribles dolores y, por supuesto, de la angustia de todos.


Javier Justino fué una guagua débil al nacer. El parto mismo, por lo demás, resultó ser toda una odisea para la pobre madre. Según decían algunas personas cercanas al círculo íntimo de los Amunátegui, la matrona que atendió al nacimiento del infante parecía no ser muy experta en éstas cuestiones. Decían, además, que la partera oficial había tenido que ausentarse en  medio del parto, dando misteriosas razones y que, en su reemplazo, había dejado a esa jóven inexperta que nadie conocía y que ni siquiera había ofrecido las referencias necesarias como para ejecutar una  situación tan seria. En todo caso, de una manera u otra, el parto fué una serie de dificultades y fracasos  que terminaron con la desanfortunada muerte del niño.

¿Qué pasó después? 

¡Nada!

Este tipo de cuestiones eran demasiada íntimas como para "ventilar los trapitos al sol".  Esa era la explicación que se daba siempre, en estos casos, en el viejo Santiago. Los Amunátegui, por ende, tuvieron que enfrentarse a las consecuencias sociales y olvidar el incidente legal que sólo les habría acarreado un escándalo de proporciones gigantezcas.

Tadeo Clemente era un feto aún. Su muerte fué simplemente el resultado de una caída, de un accidente fatal que sucedió en una noche cualquiera del invierno santiaguino. Quizás la falta de iluminación, el descuido o, posiblemente, algún problemilla sin importancia, llevó a que Doña Carmen se resvalara cerca de la mitad de la escala de madera que provenìa del segundo piso. La mujer rodó a tastabillones, sin misericordia por aquellos peldaños y, según el médico de cabecera que apareció casi de inmediato, no fué mucha la posibilidad de vida para la pobre criatura.

Asi las cosas, la unica alternativa que encontraron fue la de poner punto final al crecimiento del grupo. Y, sin siquiera pensarlo dos veces, llevados por la necesidad social que los obligaba a mantener aquella dignidad necesaria en los nucleos aristocraticos del mundo, tomaron las medidas  disponibles para que se cumplieran los fines pertinentes.

Carlos Antonio del Carmen quedó, pues, como primogénito, heredero total de la fortuna, responsable explícito  de continuar tanto la dinastía como el apellido de sus antepasados. Era, quizás, por estas circunstancias, que nació en sus padres aquel sentido proteccionista marcado que le guio su vida desde la infancia hasta el dia de su muerte. Razón lógica y necesaria. Una tradición sin equanón en la época y una de las enseñanzas primordiales, específicas, de la Iglesia Católica en aquellos momentos.

En la mayoría de los casos, basada en la educación del grupo, el primogénito venía a representar a los "Cabeza de  Familia".
a manera u otra, Carlos Antonio del Carmen tuvo una educación más que especial y detallada que la de todos los muchachos de su tiempo. No sólo se le dió un tratamiento social digno de su ubicación geonológica, de su estado social y de todo lo concerniente a su crecimiento, sino que se le facilitaron, también, todas las diligencias destinados a adquirir los conocimientos educativos para una vida mejor y un triunfo asegurado en cualquiera que fuese su profesión futura.

La protección familiar fuè absoluta. Se le inculcó poder, perseverancia, dignidad y superioridad, no sólo en su mente de niño sino que, también, se impuso aquel principio en todo lo que le rodeaba, incluyendo, muy en especial entre todos sus amigos, concidos y por conocer.    

CAPITULO 3


Una esposa
a contrata.

Fué casi al llegar la segunda quincena de Febrero que los  padres, decidieron reunirse por unos minutos en aquella sala de música al estilo rococó francés, con muebles de tapíz azul con rayas de oro, de murallas revestidas con género rosado pastel en las que  se mostraban cuadros de famosos pintores españoles.

Eran pasada las cuatro de la tarde y, con ello, había llegado la famosa "Hora de Once", como le decían los criollos, en la que se servía el típico té inglés acompañado de pequeños dulces, pasteles, sandwiches en miniatura,  "petit bouché" franceses, emparedados de gallina sobre mayonesa batida a mano, dulces venidos del sur de diferentes figuras y portes, pequeños trozos de torta de mil hojas con delgadas capas de maza separadas por el atractivo y sabrozo manjar blanco y varios engaños más que hacían la delicia de aquella época.

Don José María fué el primero en aparecer.

Minutos más tarde, entró Doña Carmen, la matrona. Se ubicó  en uno de los sillones individuales que recientemente habian adquirido para ampliar la sala. Era de respaldo alto y amplio como para que cupiese fácilmente su vestido vaporoso y  granate, de blusa plisada y adornada por un cameo sobre el escote extendido hasta el cuello mismo y complementado por un par de aros de brillantes, que le habían regalado el día de su matrimonio.

El dueño de casa ocupó el asiento de enfrente.

Segundos después entró Florinda, la fornida Ama de Casa, nativa de la Araucanía, portando una gran bandeja de plata con el té, la leche y el agua hervida. Le seguían dos de las mucamas de la planta baja acarreando la comida del momento. Todo se hizo como siempre. Las dos mujeres dejaron sus cosas en una pequeña mesa de caoba que, ahora, estaba al centro de la pieza. Era una atractiva mesa redonda, adornada con claras incrustaciones florales en palo de rosa aplicadas a su alrededor. Y abandonaron sigilosamente el lugar.

---" Ambos sabemos  la razón para esta reunión, ¿Verdad?", dijo Doña Carmen rompiendo el silencio.

---" Por supuesto, Doña Carmen. Buena idea sería la de ir directamente al grano de estas cosas y, así, ponernos manos a la obra de inmediato ".

---" Bién. ¿Qué propone Usted, Don José María?"

---" Pues.propongo que hagamos una buena fiesta, ahora que llega este final de año, y busquemos a las madres más bonitas..." pero fué interrumpido abruptamente por su mujer.

---" No creo que se trate de elegir a la madre más bonita del barrio, ni cosa por el estilo, querido Don José María. Firmemente creo que, primero, deberíamos hacer una lista de las mujeres disponibles para el matrimonio de Carlos Antonio y, una vez obtenido el nombre, dar los pasos necesarios como para firmar de inmediato  un contrato especificando lo que sucederá en el futuro...¿No le parece, Don José María?", dijo con marcado entusiasmo.

---" ¡Y claroa eso iba yo! Peroestela verdad es que no he pensado mucho en estas cuestiones matrimoniales. Creo que es un poco prematuro, todo esto del matrimonio de un niño que casi acaba de nacer."

---" Acabado de nacer, dijo usted Don Jose Maria. No le parece un poco presumido, quizas?"

---" Perdone usted mis palabras, Doña Carmen, pero toda esta cuestión me parece un poco en extremo. No quiero insultarle ni decirle cosas poco acostumbradas entre nosotros pero sería mejor dejarlo de lado para otra oportunidad. Quizás, para cuando el muchacho pueda intervenir personalmente en estas cuestiones que le atañen tan directamente".

Con cara de sorpresa por la reacción de su marido, la mujer comenzó a sollozar premeditadamente.

---"¡ No, no, no, no, Doña Carmen ! Ya le dije que no he tenido ninguna intención de consternarle con mis palabras. Deje usted de llorar y veamos que es lo que tiene en mente", agregó Don José María.

La mujer calló como por magia, se arregló parte del remango, sonrió al marido y se compuso inmediatamente, aclarándo su garganta con un sonoro y largo carraspeo.


---" Todo eso esta muy bién, Don José María. Pero debemos pensar en el futuro familiar. Estamos de acuerdo, por lo menos en principios, de  que es una idea poco aceptable para los menos."

---" Claropero yo dije que"

---" Esto de planificar realmente el futuro de nuestros hijos no es del gusto de la mayoría, Don José María. ¡Usted bién sabe cual es nuestra responsabilidad! No sólo estamos obligados a proveer de todo para el muchacho sino que, también, debemos llevarlo por un camino recto y ayudarle en todo lo que esté de nuestro alcance para que triunfe en su vida."

---" Insisto en que"

---" Deje usted de interrumpir . No solo es necesario sino que es parte de nuestra creencia religiosa. No se da usted cuenta de la importancia, Don Jose Maria?

---" Bueno

---" Y que paso más importante, para complementar todos estos planes, que el  tener una mujer que le ayude, le proteja y le respalde en sus momentos necesitados."

Don José María estaba a punto de interrumpirla cuando la matrona prosiguió con sus enfáticas declaraciones.

---" Es una cosa imprescindible, ¿eh?...más que necesaria, diría yo. Sin ella, todo podría arruinarse porque, en un momento de debilidad nuestra, no quisimos intervenir en una decisión tan vital para nuestro primogénito".

---" El niño es muy joven, es muy pequeno, Doña Carmen."

---" ¿Pequeño ?! Pero mi querido esposoel niño tiene seis años!

La mujer no comprendìa lo que le estaba sucediendo a Don Josè Marìa. Hasta llegò a pensar en que el hombre estaba alucinando, al borde de la locura o"que se yo", se dijo. Tratò de ignorar la declaraciòn.

---" Nuestra obligación, nuestro deber de padres y responsables de su vida, Don José María, es y siempre será, la de protegerlo contra todo lo que pudiera hacerle daño, hacerle la vida difícil y complicaday es por eso que" le interrumpió la mujer pero el hombre levantó un poco más su voz y continuó presentando su punto de vista sobre el particular.

---" ¡Insisto, Doña Carmen! Ni siquiera ha comenzado a comer solo todavía. Peor aún, se lo lleva ensuciándose y llorando. Seguramente que el paso inmediato será el de aprender a jugar con sus piés".

No pudo evitarlo. Se levantò de un salto a la vez que su cara enrojecìa ante la estupidèz de Don Josè Marìa.

---" ¿Pero que le està sucediendo, Don Josè Marìa!? Se està volviendo loco o està queriendo incomodarme por algo que no le gusta. De donde ha sacado eso de que  Carlitos Antonio, que tiene seis años,  se ensucia en sus pantalones y que està a punto de jugar con sus piès! ¿Cuando fuè la ùltima vez que mirò Usted de cerca a nuestro niño, mi querido caballero!?

El hombre se sintiò inmensamente incòmodo, avergonzado y aturdido. La verdad es que sus declaraciones no tenian ton ni son. Quizas, quiso pintar un cuadro diferente, extremo y absurdo para justificar su oposicion al momento elegido por su esposa en el inicio de su plan. Aparente y erròneamente, como lo acababa de descubrir en ese momento, solo habìa querido ofrecer una declaraciòn quizàs un poco mas alla de la ingenuidad a modo de demostrar su amor hacia el joven. Pero sòlo consiguò crear un inmenso alboroto.

---" Por supuesto que usted tiene la razòn. No tome mi declaraciòn al piè de la letra porque, mi querida Doña Carmen, èsa no fuè la idea. Màs bien fuè una declaraciòn de amor hacia el muchacho. Algo hipotètico, quizàs, con una faceta errònea y una interpretaciòn equivocada por parte mia. Claro que tiene seis añospero elel pobrecito es tan niñito y tan regalòn nuestro."

Pese a que no entendìa la idea como base para una discusion, ni menos aquello de hipotètico, la matrona respirò profundamente y regresò, entònces, a la tranquilidad.

---" Exacto, Don José María, es por èsto que usted acaba de decir, por aquello de lo hipotètico, o lo que su Señorìa quiera, es que me parece que hoy es cuando debemos hacerlo. Mañana no tendremos ni siquiera la menor posibilidad de ayudarle a moldear su futuro. Será muy tarde.¿Me escucha?"

---" Estoy de acuerdo, pero..."

---" Don José María, usted lo sabe y yo se lo he dicho más de mil veces. Nuestros padres lo hicieron, nuestros abuelos y nuestros tatarabuelos estuvieron, también, de acuerdo en hacerlo. Porque, mi querido esposo, para eso estamos los padres. Además, recordemos, mejor dicho insistamos en que es una costumbre cristiana que hasta hoy sigue dando muy buenos resultados..."

---" Estoy de acuerdo pero..."

---" ¡Pero, PERO, PERO! Eso es lo único que he escuchado de usted durante todo el día, Don José María. Es insoportable su actitud, mi querido esposo. ¡No hay peros que valgan, Don José María! Me llama la atención que usted esté convertido en un ser tan imposibletantanirreverente, yo diría, y tan.tantanpuespersonalista, cuando llega el momento de ayudar a su primogénito. Usted sabe lo que éstas cosas significan para mí y, muy en el fondo de su corazón, usted está totalmente de acuerdo conmigo. Dígame que no es verdad, Don José María," siguió inisitiendo la mujer pero, ésta vez, con un tono de voz un poco más serio que segundos antes.

---" Yo daría cualquier cosa por convencerlo de mis palabras", prosiguio, "Lo único que puedo agregar a usted es que nosotros somos el resultado exácto de esa misma situación. Si no hubiese sido porque mi madre se mostró fuerte frente a una decisión tan importante en nuestras vidas...pues, ¡Figúrese usted! Yo estaría casada con un ignorante cualquiera, quizás un abusador de la fortuna de mis padres, un hombre sin sensibilidad alguna para con sus familiares....y.y¡Jiiiiiiii, jiiiiii!", terminó sollozando nuevamente.

Don José María no podía evitar sentirse casi culpable por lo que estaba pasando. En realidad, siempre había sido una costumbre de las buenas familias aquello de planificar la vida de sus hijos.

---" ...Y bien, Doña Carmen. Recuerde, sinembargo, que nuestro matrimonio fue algo creado por nosotros mismos. Aqui no hubo intervencion de ninguno de nuestros padres. Mi matrimonio con Usted fue, es y sera una union de amor entre los dos. No olvide esto Jamas, Dona Carmen, jamas!

---" Jiiii jiii, jiiii!" fue lo unico que escucho al regresar a su normalidad.

---" ¿Qué propone usted como para solucionar este dilema ?", preguntó con un tono un tanto más débil. Indudablemente que la situación había cambiado. Don José María, sin darse cuenta, cedía abiertamente a los deseos de su jóven esposa.

¡Odiaba ponerse en esta posición de perdedor!

---"Bueno", pensó cínicamente,"es muy poco lo que puedo hacer por ahora. Es decir, si es que quiero mantener unas buenas relaciones con mi esposa. De manera que no tengo otra alternativa que la de seguirle el amén. Además, las costumbrespues son costumbres...¡Que diablos!"

---" ¡Ejém!" La mujer detuvo su chillido incesante y antipático.

---" ¡Ejém!, dijo Doña Carmen, un poco avergonzada por lo que parecía estar pensando su marido.

---" Así no más es, Don José María", siguio expresando la mujer con un tonillo de absoluta ganadora en aquella situación." Las costumbres son leyes ancestrales y nosotros no  podemos, ni debemos, cambiarlas de la noche a la mañana...¡Así de fácil!"

---"En estos momentos no se me ocurre ninguna cosa constructiva, Doña Carmen, pero pareciera que usted ya tiene algo en mente para estos menesteres".

---" ¡Y así nomás es, Don José María! No tengo planes propios, sólo sigo los pasos de nuestros ancestros. En todo caso, yo le sugiero a usted que conversemos con nuestros vecinos que, como nosotros, vienen de familias religiosas y sociables."

---" Esta Usted hablando de la familia Errazuriz Sanhueza, quizas?"

---" Exacto, Don Jose Maria. Ahora si que nos entendemos mejor. En la conversación podríamos llegar a un entendimiento, ya sea mediante persuación o usando la fortuna que Dios nos ha dado gracias a la generosidad de nuestros padres. Espero que me entienda, Don José María".

---" Por supuesto, Doña Carmen, el asunto no puede estar más claro. Me reuniré con ellos, les invitaremos a cenar y conversaremos directamente sobre estas cuestiones que bién podrían ser de un interés común".

Hizo una pausa. Puso su mejor cara de preocupación.

---" Lo único que por ahora me preocupa es que, en en éstas cuestiones de contratos matrimoniales, por lo menos así lo tengo entendido yo, hay que disponer de dinero suficiente como paradigamosuna dote.¿ Me entiende ?"

---" ¡Vamos, Don José María! Me parece que está usted pensando en algo totalmente errado. Ellos no quieren ni necesitan nuestro dinero. Tienen más que suficiente. Lo que aquí les estamos ofreciendo, es la dignidad de ratificar sus principios sociales y religiosos, por una parte, y la oportunidad que les damos de mantener a sus descendientes dentro de la aristocracia que todos necesitamos y admiramossi así quiere usted ponerselo!" fué la inmediata respuesta de la astuta y manipuladora mujer.

Parecía, por lo menos por ahora, que las cosas iban en camino a un mutuo acuerdo.

Así es que Don José María decidió comenzar con la hora del té, a la que se habían acostumbrado desde la luna de miel, cuando viajaron por algunos países de Europa.  Bebieron y comieron con placer aquellos pequeños emparedados de verdura, carne asada, pollo con mayonesa y otras delicias locales.

---" Pero despues de todo, la idea no es mala Doña Carmen. El secreto consiste en  hacerlo bien, en forma precavida y en el momento preciso", dijo Don José María sirviendose otro poco de té.---" Hasta se me ocurre una idea futurista, quizás un poco más allá de lo corriente, Doña Carmen, con la que usted quedaría totalmente complacida."

---" Esta vez no le comprendo, Don José María. "

---" En realidad es muy fácil. Vea usted. Se trata de un contrato dual..."

La madre no pareció sorprenderse por una idea semejante. Don José María era un hombre excepcionalmente inteligente y, seguramente, sería una de esas proposiciones que eran tan características de su reciente vida política. Lo miró a los ojos y sonrió.

---" ¿Qué quiere decir usted con eso dedual, Don José María? Espero que no comience a blasfemear a tan temprana edad, Don José María, porque eso de dual solo puedo interpretarlo como un matrimonio con dos mujeres. ¡Eso sería horrible! ¿No cree usted? Espero que se refiera a algo así como a un matrimonio consecutivo. Espero que se explique porque, hasta el momento, no le entiendo. ¿Acaso piensa usted en que Carlos Antonio podría casarse primero con una  y con otra después?....¿Hablamos de separaciòn, de nulidad omuertes, aquí?"

---" No, no, no, Doña Carmen. Bueno, no exactamente pero, como siempre, usted está muy cerca de interpretar mis pensamientos". Sonrió.

---" Pienso que podría casarse con la mayor de las hijas de nuestros vecinos. Eso es verdad. Pero todos los planes tienen que tener un respaldo en caso de una emergencia."

La situación comenzaba a verse interesante para Doña Carmen que no quiso interrumpir la sucesión de ideas.

---" Digamos que llegamos a un entendimiento y que obtenemos el matrimonio inicial. Ahora bien. ¿Qué pasaría si luego de unos años, la esposa del muchacho llega.digamosa tener cualquier tipo de dificultades? Es decir, la vida está repleta de complicaciones que ninguno de nosotros puede evitar jamás..."

La proposición exitaba a la matrona. Pero el marido comenzaba a complicarle su vida alargando inecesariamente la idea.


---" ¿No sería mejor asegurar de una vez por todas el futuro de Carlos Antonio estipulando, en este contrato, que frente a lo inevitable podríamos considerar la posibilidad de casarlo más tarde con la última de las niñas?", preguntó socarronamente.

La mujer puso especial atención a los planes del marido. Tomaron un sorbo de té caliente y continuaron.

---" Es decir, Doña Carmen, la dualidad de éste contrato estaría basada en un segundo matrimonioen caso de que el primero terminara por razones mayores. Esto, contiene una especial ventaja para las dos familias. Nuestros vecinos se aseguran la continuación de la dinastía y nostros, pues, nosotros ponemos un broche de oro en el futuro de nuestro hijo."

---" ¡Usted es un genio, Don José María!", dijo la mujer emocionada por las declaraciones del jóven marido. Es mejor que el plan de una batalla napoleónica. ¡Magnífico! Manos a la obra, entónces."

Ambos sonrieron. Como había dicho Doña Carmen, al iniciar su conversación, esta manipulación podía ponerse en la cuenta corriente de las famosas costumbres ancestrales.

---" Dios bendiga a nuestras maravillosas costumbres, Don José María".

Ambos quedaron convencidos de que toda la conversación había sido llevada con sensatéz.  Ahora, sólo quedaba enfrentarse a la realidad, visitar a la familia  Errázuriz Sanhueza, hacerles la proposición correspondiente y, así, encaminar a su hijo por el sendero correcto y cristiano.

---" Yo me encargo de dar los primeros pasos mañana por la mañana. A eso de las nueve de la mañana, puedo reunirme con Don Ernesto Errázuriz Sanhueza y Zúñiga. Tenemos un montón de cosas en común, usted sabe, además de algunos negocios pendientes entre las haciendas de Colchagua y  Laupal. No creo que tenga dificultades y, casi estoy seguro de que va a aceptar nuestra posposición", dijo Don José María.

--" Pero no se trata de un asunto de negocios, Don José María. En estas cuestiones hay que ser más delicados. Simplemente, propóngales que vengan a una de nuestras fiestas sociales y, allí, veremos como seguimos estos planes", acotó la mujer.

---" Dios bendiga a nuestras maravillosas costumbres, Doña Carmen".

Así las cosas, todo parecía acordado, por lo menos, en principio.

---" Sólo es cuestión de comenzar las diligencias. Los planes de acción deberán mejorarse, quizás, un poco, alterarse otro tanto, talvéz, pero la idea básica tiene grandes posibilidades de éxito," pensó Doña Carmen cuando dejaron la pieza de música.

La reunión terminó allí y los planes se iniciaron tal como se habían diseñado.












CAPITULO 4



El año de 1854.

A unas dos cuadras de la Alameda de las Delicias, en una de las calles más atrayentes por sus comercios elegantes y sus distinguidos profesionales, en el edificio más alto y destacado de la famosa Calle del  Estado, Don Ernesto Errázuriz Sanhueza tenía su oficina principal. Allí manejaba, no sólo la administración de Laupal sino que, también, la del Banco de Curicó, su mina carbonífera "La Dichosa", en las afueras de Temuco, los almacenes "La Estrella Solitaria", en Concepción y Santiago, como así mismo otros negocios pequeños que, en total, producían y mantenían la cuantiosa fortuna familiar.

Como de costumbre, el industrial llegó a las siete de esa mañana para atender los detalles de varias transacciones importantes en la venta de granos y animales al ejército nacional y otras "cosillas", como las apodaba, en las que también estaba envuelto el gobierno.

Rosalinda, su secretaria privada, le recordó que tenía una reunión especial con Don José María Amunátegui y el hombre pareció sentirse un poco preocupado con aquel recordatorio.

---" ¿Algo en especial, Don Ernesto?", le preguntó.

---" Quizás un poco de té y algunos pastelillos, Misia Rosalinda. Don José María es famoso por su paladar. Fuera de eso, debo confesar que me preocupa la presencia de un vecino." Suspiró profundo y, al exhalar, agregó" Espero que no tengamos problemas caseros!".

Casi media hora más tarde, Don José María apareció en la puerta de su oficina. Venía contento.

---" ¡Vaya, vaya, Don  Ernesto! ¡Este  es, indudablemente, un día maravilloso! No hace frío ni calor. Me encantan los días como éstos¿Y a usted?"

---" La verdad es quepues¡Me figuro que sí!! Por favor, sírvase tomar asiento. Lamento infinitamente tener que decirle que, por ahora, mi tiempo es relativamente limitado porque estoy en el medio de una transacción más o menos importante y larga. Pero en todo caso, Don José María, usted sabe que siempre es y será bienvenido en mi oficina. ¿Quisiera tomarse una tacita de té, con algunos pastelitos, antes de iniciar nuestra conversación?"

---" ¡Por supuesto que sí, mi querido amigo! Y hasta puedo asegurarle que mientras bebemos su magnífico y refrescante té, podemos atacar nuestro pequeño problemitaes decir, podemos conversar sobre mi venida hasta su oficina"

En esos momentos entró Rosalinda con la bandeja de té y los bocadillos en cuestión.

Don José María le explicó la razón de su visita y, en pocas palabras, le dijo de su plan para el contrato matrimonial, sus beneficios para ambas familias, etc., etc.

En todo instante Don Alejandro dejó que el vecino explicáse su posición.

---" Por lo demás," pensó, "me alegro de que no haya sido una cuestión de vecinos."

Fué en ese mismo momento que Don José María Amunátegui terminaba su larga exposición social. Al hacerlo, miró con cierta duda a su interlocutor y le preguntó un tanto nervioso:

---" Es decircuando nació Mariiíta Teresa.ejem ¿Ustedes no firmaron contrato matrimonial alguno con otra de laseh familias amigas? ¿Verdad?"

---" La verdad, Don José María, es que no creemos mucho en eso de "contratos familiares", porque no los vemos como una parte importante en nuestras relaciones comunitarias", fué la respuesta inicial.

---" Es decir, Don Alejandro, disculpe usted que esté en desacuerdo pero nosotros creemos que son parte extremadamente importante en la vida de cualquiera persona nacida dentro de la aristocracia chilena¿No le parece?"

---" Por ahora, por lo menos, no vemos las garantías ni la necesidad. Pero, sin embargo, debo confesarle que mi esposa, Doña Alejandra, tiene su peculiar manera diferente de pensar. Hasta cierto punto, ella cree en la preservación de la imágen socialsiempre y cuando nuestros hijos vean el problema con"

No pudo terminar porque el vecino le interrumpió cortesmente.

---" Pero nunca se sabe lo que nos traerá el futuro, mi querido amigo y estimado vecino. Por supuesto que la mejor manera de asegurarse una buena unión que traiga la continuidad de nuestras propias creencias sociales, económicas y religiosas, es facilitándole a nuestros hijos el camino a tomary¡qué mejor que un contrato para sellar nuestra ayuda dentro de este confuso futuro socio-político, al que nos enfrentamos todos en esta jóven nación! Cualquiera cosa que sea diferentepues es.simplementedigamosextremadamente peligrosa ¿No le parece, Don Ernesto?"

---" La verdad es que no habíamos pensado en éstas cuestioneses decirde la manera en la que usted me las está planteando."

Por primera vez en esta corta conversación, Don José María vió la inmediata posibilidad de éxito y, como buen profesional, flanqueó el problema desde aquel angulo.

---" Vivimos en un mundo difícil, en el que cualquiera cosa es posible. Como consecuencia directa de nuestra juventud  en el concierto mundial de naciones nuevas, estamos frente a serias dificultades dentro del panorama general. Estamos muy lejos de ser un país maduro. Por el contrario. Tenemos una economía extremadamente frágil y principiante. Nuestros ideales políticos del momento son inseguros"

---" en fin, estamos frente a una puerta que podría, fácilmente, cerrarse en nuestras propias narices para dejarnos totalmente marginados de cualquiera ayuda exterior. Es verdad que nos desplasamos por un camino mejor que el de una dictadura militar, etc., etc, pero esa no es ninguna garantía para el futuro de nuestros hijos. Nunca sabremos de lo que les espera en un futuro a largo plazo y, mucho menos, dentro de un futuro inmediato".

Se veía casi eufórico en su presentación. Don Ernesto lo escuchaba, por lo menos a simple vista, en forma  atenta.

---" Lo único que podemos y debemos hacer es, entónces, ayudarles a enfrentarse a éste futuro, dándoles las herramientas necesarias y mínimas como para tener, siquiera, la posibilidad de defenderse".

---" Bueno, en ese aspectopuesnosotros estamos de acuerdo" dijo Don Ernesto, como queriendo apaciguar a su amigo.

---" Un contrato matrimonial les daría este magnífico y tan importante apoyo social y religioso, la protección necesaria, la muestra tangible de nuestra preocupación por ellos y, en fin, todo lo que requieren para triunfar en la batalla humana a la que se están enfrentando"

Don Ernesto no quiso seguir escuchando aquel discurso de Don José María, que bién parecía no tener fin y en el que su verborrea aumentaba minuto a minuto.

---" No quiero asegurarle a usted la firma inminente de este convenio, sin antes conversarlo con mi esposa.", le dijo.

---" Quisiera que me otorgáse unos segundos más de su tiempo, Don Ernesto."

La reunión siguió por casi otros diez minutos. Más o menos a las diez y media de esa mañana, Don José María se levantó, se despidió y abandonó la oficina de su amigo.





CAPITULO 5



La mansión de
calle Esmeralda

La casa pasado el final de la calle Esmeralda, junto a las que ocupaban sus vecinos inmediatos, eran casi las únicas existentes en lo que podría llamarse el barrio aristocrático de la pequeña capital chilena. Su arquitectura de gran palacio, en el centro de un inmenso prado y cerca de una laguna artificial muy bien cuidada por sus dueños,  era el hablar de toda la ciudad. 

Como algunas dos o tres de ellas, era una propiedad inmensa con 20 dormitorios y otros tantos baños, salones de baile,  albergue para sirvientes, sitio para guardar varios tipos de carricoches, y otras comodidades necesarias.

Su ubicación bien podría colocarse, hoy en día, en la cercanía de lo que actualmente sería la Quinta Normal, en Santiago. Era, el sector capitalino marginado de todo lo que pudiera relacionarse con la inquietud y la voráz política criolla. Era, en otras palabras, el solás y la tranquilidad de sus habitantes.

Había sido construída casi un siglo y medio antes de la independencia chilena, quizás allá por el año de 1673, cuando el país era un un infante más de la conquista española en la América jóven. Fuè un regalo del Virrey Español por los servicios que Don Julio Antonio Errázuriz de Recabarren y Loyola, prestara a la Corona durante la emancipación  de sus tierras hacia el sur de Lima, la entónces capital del Virreinato de España.

El hombre, relativamente maduro en vida pero de un espíritu jóven aún, decidió retirarse de los bienes, las angustias, la aventura y todo aquello que acarreaba su otrora vida cortesana. Una vez casado con la criolla Doña Emilia Vasconsuelo Bezoaín, viajó a Chile en búsqueda de la tranquilidad física y mental prometida por la nueva colonia.

Siendo muy jóven, Don Julio Antonio un individuo extremadamente buenmozo, casi en las cercanía de la belleza, atlético, esbelto, elegante y atractivo, viajó frecuentemente no sólo por su país de origen sino que por varias naciones cercanas. Fué parte de los deberes paternales, en su cargo de Embajador Real. Estos deberes del padre, lo llevaron a la capital del Virreinato, Lima. De la union nació tan sólo un hijo, que la pareja decidió llamar al igual que su padre: Julio Antonio.

Pasaron los años y el jóven, ahora independiente a consecuencia de la muerte de sus padres, tomó en matrimonio a Doña Ema Benavente  Infante, hija del rico terrateniente español Don Joaquín Benavente De la Fuente y Doña Ana María Infante Escudero. Ambos tenían unos cuantos años en Chile. La boda sucedió cuando éstos visitaban la ciudad por razones profesionales.

Tuvieron solo un primogénito. 

Don Ernesto Errázuriz Benavente y Recabarren Infante. Era capitalino y, por ende, acostumbrado a los negocios grandes. Un hombre extremadamente serio, de bigotes estilo Kaiser, siempre bien vestido, elegante y muy cuidadoso de su figura. Hacía ejercicios diarios, los que le mantenían energético. Era, además del Jefe de la Familia Errázuriz Benavente, el productor y abastecedor de los bienes habidos hasta el momento. Sabía perfectamente cuando un negocio era bueno, y cuando era malo.  Es por eso que el dinero siempre fué abundante en su casa. La hacienda Laupal, a un par de dias de distancia, en dirección al sur, les daba todo lo que necesitaban.

Ella, Dona Alejandra Vasconsuelo  y Oyarzún, había nacido en el fundo, al este de Talca, propiedad que heredó de su padre. Recatada, un poco corta de genio como casi todas las mujeres de su época, era bondadosa y querendona. La familia siempre había ocupado un puesto primordial en sus sentimientos, en su vida y en sus pensamientos. Se consideraba afortunada por haberse casado con un hombre tan distinguido, de aquellos que llegaron al nuevo mundo con un título nobiliario bajo el brazo y que, a la postre, significaba mucho más de que lo que otros le pudieron haberle ofrecido. Lo había querido desde el principio. Su amor por Don Ernesto venía desde lo más profundo de su corazón. Se había entregado a su protección, llevada por un amor sublime que tan sólo ella podía tener para con quién le acompañaría hasta el día de su muerte. Es por eso, talvéz, que su devoción familiar iba más allá de lo corriente. Vivía para ellos.

Se conocieron en una reunión social capitalina. Fué un amor a primera vista, pero Doña Alejandra aún se sonrojaba nerviosamente con tan sólo mencionarlo. Decía que siempre había soñado con el hombre perfecto y que, su actual marido, era un retrato fiel de sus pensamientos. Todos la querían por esa simple y cariñosa manera de pensar. De este matrimonio tan especial, nacieron dos preciosas muchachas.

Maria Teresa, la mayor, nacida el 14 de Febrero de 1849, quién heredó el carácter de su madre, la belleza típica de su familia aristócrata por excelencia e hispana por derecho, la entereza de los abuelos vascos y la dedicación especial que el padre tenía con su figura. Era una muchacha de gran agilidad, cariñosa al máximun, educada, fina al tratar y muy especialmente considerada por todos los que convivían con ella.

Patricia Alejandra, la siguiente, nació un año más tarde, el 11 de Agosto de 1850. Esbelta, educada como la otra, artística en todo lo que hacía, tan ágil como su padre. Tenía todas sus señas sociales. Hasta en las cosas más triviales se parecía a Don Ernesto. Diferente a muchos otros de sus familiares, Patricia Alejandra era  extremadamente romántica. Soñaba con el matrimonio perfecto basado en su amor latente por la familia y los deberes que de ella se derivaban. Su carácter era definido y, quizás, un tanto fuerte en elgunos casos. Defendía a brazo partido a sus principios de independencia personal. No era esquiva, pero siempre exigía un respeto especial por parte de los demás. Cuando tenía una opinión, generalmenmte la mantenía hasta que se le hiciera imposible. No era rebelde, sino más bien independiente. Odiaba a los intrusos. No era orgullosa sino que exigía que se le otorgáse el mismo respeto que todos pedían de ella. Como parte de su romaticismo, creía fervientemente en que sus padres siempre tenían razón en las cosas que hacían. Para ella el amor, el respeto y el valor de cada individuo, era la única manera de mantener una familia unida y, como también, cualquiera  relación con otras personas.



CAPITULO  6



La Gallinita Ciega.

En la firma de abogados Montt y Bulnes, de calle Estado a una cuadra de la Plaza Mayor o Plaza de Armas, como se le llamó más tarde, era costumbre festejar los fines de semana con una pequeña fiesta